Hoy que venía en el auto pensé en lo que hace dos semanas me dijiste: "¿Cómo sería si no la hubiera conocido a ella y te hubiese conocido a ti?"
Luego empecé a pensar en algo que es peor porque simplemente es lo que quiero: ¿Cómo sería si yo te hubiese conocido con el corazón sanado? ¿Cómo sería si te hubiese conocido con memorias que ya no duelen, eh? ¿Cómo sería si estuvieras dispuesta a empezar a marcar un nuevo camino con una nueva pareja de viaje? ¿Cómo? ¿Me querrías poquito? ¿Pensarías poquito en mí? ¿Todas esas historias que escribes, tendrían un poquito de mí? ¿Dejarías de moverte tanto, de volverte fantasma en un santiamén? ¿Yo estaría esperando? ¿Yo me sentiría tan mierda como ahora? ¿Seguiría midiendo tus palabras y el tono que usas al hablar, para saber si estás bien o no? ¿Cómo sería, eh?
A veces de veras quisiera sentir eso de "qué lindo debe de ser que la quieras de esa manera; que a pesar de todo, sigues escribiendo de ella, se te sigue saliendo por la lengua..." pero luego se me olvida.
miércoles, 27 de marzo de 2013
miércoles, 13 de marzo de 2013
Laramar.
Tocan la puerta. Debe ser ella. Le dice
que pase y que se siente donde quiera, cualquier lugar está bien. Se conocen
desde la infancia. La emoción de volver a verla después de tantos años, es
incontenible. Antes de que Salvador diga palabra alguna o proponga un tema de
conversación, Lara ya es un mar. No estaba preparado para eso; puede contar con
los dedos de su mano las veces que ha visto llorar a una mujer. Pero esta vez
es Lara. Su Lara.
Si ella fuese,
literalmente, un mar, sería el más grande de todos y el más profundo también;
tendría flores que adornarían sus olas y no sería de un solo continente.
Han pasado quince minutos desde que ella
tocó la puerta y apenas llega la calma. Más tranquila, toma un té de azahar y
empieza a contar su historia. Salvador escucha, atento, algo sobre un marinero
que decidió hacerse a la mar y prometió que el viaje duraría la vida entera. El
marinero disfrutaba esos momentos, todos los días eran sólo la mar y él; aunque
la tormenta a veces parecía sin fin, siempre lograban superarla.
Parece que los
recuerdos han removido el corazón de Lara pues Salvador vuelve a ver lágrimas
en su rostro. Aún no descubre qué se hace en esos casos, así que, sentado,
espera el sosiego de la mar.
Lara continúa su
historia: el marinero, después de algún tiempo en alta mar, supo que no quería
eso. Así, en un chasquido. Lo que sentía por la mar y por ese viaje era muy
fuerte, pero no suficiente como para seguir. Entonces la mar, enfurecida y en
alianza con el cierzo invernal, lograron llevar al marinero y su barco a una
tierra lejos de donde zarparon. Lo dejaron ahí, abandonado.
Ahora, Lara y el
silencio se han vuelto uno. Con cada lágrima de ella, Salvador siente necesidad
de algo: quiere encontrar a aquel marinero y echarlo de esa tierra olvidada y
de cualquier otra, pero al mismo tiempo, le es imposible saciar la sed, también
las ganas de entrar en esa mar que tan bien conoce. Ya no hay lágrimas, sólo
silencio. Él camina por la arena sigiloso, con miedo, pero seguro de querer
llegar. La mar se acerca, tranquila, lentamente.
Un paso de él, un golpe
de la mar, un paso, un golpe, un paso más. Entonces Salvador siente, por fin,
la frescura de la mar en su boca.
jueves, 7 de marzo de 2013
A,
“No sé hasta dónde me lleve este camino, este difícil camino de tu espera. No sé hasta dónde te persiga mi llanto, hasta dónde se prolongue tu encuentro. Si yo pudiera rogar, te rogaría: si supiera pedir, te pediría; te diría que pronto, que vinieses a mí ahora mismo, que te necesito, que esto es urgente, imprescindible. Pero me he acostumbrado a aguardarte en silencio.”
Jaime Sabines.
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