viernes, 6 de enero de 2012

Porque eres el camino que puedo seguir sin sentir morriña.

Estás aquí. Y no puedo tocarte.
...
Y tu rostro.
Un "¡Dime que sí, Ana!" y tu risa, tu voz, tus ojos, tus piernas, tu gracioso andar, tu todo.
Ya. Piensa en algo más, mujer; el futuro, por ejemplo. Entonces todo marcha perfecto: la familia, el hogar, la vida en general pero luego noto que en mis planes estás siempre tú. Vaya problema.
Y nuestras manos juntas.
La primera charla, yo, tímida y ausente; tú, como me gustas... La primera de muchas, la primera, la culpable.
...
Te gasto en sueños, pensamientos, besos al aire, libretas, canciones, historias y tarareos de regadera.
Abrázame como si tuvieras envidia del viento que acaricia mi piel.
Y sigue siendo inefable para que nadie, nunca, pueda describirte.
Y sigue teniendo un alma furtiva para que ellos no sepan quién eres.
Y sigue escribiendo, que sólo en tus letras yo me encuentro.
...
A la (lluvia) que puedo contemplar sin sentirme nostálgica.
A la (flor) que admiro y nunca se marchitará.
A la (historia) que en otoño conocí y ya no quiero soltar.
Pero sobre todo, a la (tormenta) que despeina pero no arrasa.
A ti.
Tú, siempre mi orden.
Tú, siempre mi caos.
Tú, siempre.