miércoles, 13 de marzo de 2013

Laramar.


Tocan la puerta. Debe ser ella. Le dice que pase y que se siente donde quiera, cualquier lugar está bien. Se conocen desde la infancia. La emoción de volver a verla después de tantos años, es incontenible. Antes de que Salvador diga palabra alguna o proponga un tema de conversación, Lara ya es un mar. No estaba preparado para eso; puede contar con los dedos de su mano las veces que ha visto llorar a una mujer. Pero esta vez es Lara. Su Lara.
Si ella fuese, literalmente, un mar, sería el más grande de todos y el más profundo también; tendría flores que adornarían sus olas y no sería de un solo continente.
Han pasado quince minutos desde que ella tocó la puerta y apenas llega la calma. Más tranquila, toma un té de azahar y empieza a contar su historia. Salvador escucha, atento, algo sobre un marinero que decidió hacerse a la mar y prometió que el viaje duraría la vida entera. El marinero disfrutaba esos momentos, todos los días eran sólo la mar y él; aunque la tormenta a veces parecía sin fin, siempre lograban superarla.
Parece que los recuerdos han removido el corazón de Lara pues Salvador vuelve a ver lágrimas en su rostro. Aún no descubre qué se hace en esos casos, así que, sentado, espera el sosiego de la mar.
Lara continúa su historia: el marinero, después de algún tiempo en alta mar, supo que no quería eso. Así, en un chasquido. Lo que sentía por la mar y por ese viaje era muy fuerte, pero no suficiente como para seguir. Entonces la mar, enfurecida y en alianza con el cierzo invernal, lograron llevar al marinero y su barco a una tierra lejos de donde zarparon. Lo dejaron ahí, abandonado.
Ahora, Lara y el silencio se han vuelto uno. Con cada lágrima de ella, Salvador siente necesidad de algo: quiere encontrar a aquel marinero y echarlo de esa tierra olvidada y de cualquier otra, pero al mismo tiempo, le es imposible saciar la sed, también las ganas de entrar en esa mar que tan bien conoce. Ya no hay lágrimas, sólo silencio. Él camina por la arena sigiloso, con miedo, pero seguro de querer llegar. La mar se acerca, tranquila, lentamente.
Un paso de él, un golpe de la mar, un paso, un golpe, un paso más. Entonces Salvador siente, por fin, la frescura de la mar en su boca.