jueves, 1 de agosto de 2013

Otras inquisiciones. Jorge Luis Borges.

Faltaba media hora para que mi madre saliera de la iglesia (bastará con decir que los miércoles toma un curso que va de la fe...). Rodeé dos veces la cuadra hasta que encontré un lugar donde estacionar el auto. Encendí la luz y abrí mi libro en la página que ayer marqué con un boleto del partido del domingo. La calle estaba oscura; en la esquina, del Salón Ardalio salía música y risas estridentes, en la puerta había un mesero bostezando.

Ahora sólo faltaban veinte minutos para la hora en que dije estaría en la puerta, entonces decidí acercarme, pensé que con suerte encontraría lugar, y así fue. Vi que a unos metros de mí estaban los que cuidan los autos: dos mujeres y cuatro hombres, drogándose con trementina o cemento, no lo sé. Uno de ellos, cuando me estacioné, me dijo "ahí 'sta bien" y sólo sonreí. Dos estaban tirados en el suelo. Los otros se tambaleaban y gritaban cosas que no se entendían. Yo estaba ahí, con la luz encendida, leyendo un ensayo que hablaba sobre Don Quijote leyendo El Quijote, Hamlet, espectador de Hamlet, Unamuno y Augusto, y de cómo somos los personajes de nuestra historia al tiempo que somos espectadores... "Ven, ven" le gritaba una de las mujeres al que iba caminando hacia la avenida "¿Qué quieres" "Que vengas" se acercaron uno a otro y se detuvieron junto a mí, para entonces ya había cerrado el libro y estaba al tanto de lo que sucedía. Supongo que sintieron mi mirada y se quedaron fijos en ella, volteé rápidamente al frente y seguí leyendo. Ellos desaparecieron. 

Un señor que también cuida los autos estaba recargado en una columna, traía una playera del Barcelona y un chaleco verde militar, de cuando en cuando llevaba un pedazo de tela blanca a su boca y lo volvía a meter en el bolsillo del chaleco. Fue inevitable verlo, cerré el libro otra vez, apagué la luz. Yo, espectadora. Cuando el hombre notó mi presencia, se acercó a la ventanilla del lado derecho y se asomó. Mi mirada estaba al frente, atenta a los movimientos del señor, luego él volvió a recargarse a la columna, y del mismo bolsillo donde guardó el pedazo de tela, sacó una botellita blanca y le dio un trago. Por el espejo retrovisor vi que se acercaba una persona que empezó a discutir con el señor y después ambos cayeron al suelo. Tragué saliva, arranqué y empecé a rodear muchas veces la cuadra, hasta que vi a mi madre en la puerta de la iglesia. 

Preciso decir que sentí miedo. Cinco minutos de miedo que me parecieron completamente injustificables. Cuántas veces he estado en esa calle, a esa hora, cuántas veces había visto a esas personas... la diferencia, fue que ayer me detuve a observar, a presenciar algo que en ocasiones resulta incómodo, como la verdad, a ser personaje y espectadora al mismo tiempo. 

Acaso yo estaba leyendo ese ensayo porque me encontraría después con estas personas y me harían pensar en lo leído, acaso ellos se drogan porque ya no quieren actuar o desean cambiar su parte de la historia.

...quizá sólo era el libro que yo tenía en mi bolsa y ellos tenían frío.