miércoles, 7 de septiembre de 2011

Extrañezas.

Discuto lo inefable. Es, de hecho, mi pasatiempo favorito, la complejidad que representa sostener el argumento de lo que no se puede explicar con palabras, es excitante.
Tengo quince años y aún no sé cuánto te voy a extrañar. Tengo quince años y ni siquiera intuyo tanto amor; no te conozco ni tú a mí, claro. Dentro de las desviaciones mentales de una adolescente de quince años, pensaré que fuimos creados el uno para el otro.


Acto dos. Punto y aparte. Empieza el dolor inexistente.


Amo lo que no puedo amar. Amo al ser que existe pero al mismo tiempo, no, el que dice palabras bonitas y utiliza una pluma fuente. Amo al ser que se sorprende por pequeñas cosas... me tranquiliza saber que al menos, amo al ser. Lo amo.
Tengo dieciséis años años y ¡Hola! ¿Es esto el amor? Espero que sí, de ti. Tengo dieciséis años y vivo extasiada, me haces feliz, persona. 


Fin de la transmisión. Culmina el dolor inexistente que mata. 


Extraño lo inextrañable. Existió y no existió. Estuvo y jamás estuvo. Está y al mismo tiempo, no. Lo extraño y no lo puedo extrañar. Lo catastrófico está cuando llego al punto de extrañarlo y tener junto a mí su recuerdo. Hiere. 


Extraño lo inextrañable y amo lo que no puedo amar. Discutir lo inefable, siempre será inevitable.