Discuto lo inefable. Es, de hecho, mi pasatiempo favorito, la complejidad que representa sostener el argumento de lo que no se puede explicar con palabras, es excitante.
Tengo quince años y aún no sé cuánto te voy a extrañar. Tengo quince años y ni siquiera intuyo tanto amor; no te conozco ni tú a mí, claro. Dentro de las desviaciones mentales de una adolescente de quince años, pensaré que fuimos creados el uno para el otro.
Acto dos. Punto y aparte. Empieza el dolor inexistente.
Amo lo que no puedo amar. Amo al ser que existe pero al mismo tiempo, no, el que dice palabras bonitas y utiliza una pluma fuente. Amo al ser que se sorprende por pequeñas cosas... me tranquiliza saber que al menos, amo al ser. Lo amo.
Tengo dieciséis años años y ¡Hola! ¿Es esto el amor? Espero que sí, de ti. Tengo dieciséis años y vivo extasiada, me haces feliz, persona.
Fin de la transmisión. Culmina el dolor inexistente que mata.
Extraño lo inextrañable. Existió y no existió. Estuvo y jamás estuvo. Está y al mismo tiempo, no. Lo extraño y no lo puedo extrañar. Lo catastrófico está cuando llego al punto de extrañarlo y tener junto a mí su recuerdo. Hiere.
Extraño lo inextrañable y amo lo que no puedo amar. Discutir lo inefable, siempre será inevitable.